Concepciones de la infancia

PSICOLOGÍA › EL PSICOANALISIS HA VUELTO A DAR FUERZA A FIGURAS DE SIGLOS

Concepciones de la infancia

No sólo la literatura muestra otra infancia, sino que es necesario contar con el recurso a la infancia de la psicología, señala Germán García en este artículo. Y agrega: «Una niñez sin infancia podrá inventar recursos que ahora no imaginamos».

Paul Laurent Assoun ha inventariado las referencias a la literatura de Sigmund Freud: por orden de importancia primero están Shakespeare y Goethe, después Sófocles, Schiller, Cervantes y Flaubert. Los relatos de histeria de Freud son posteriores a Madame Bovary, sus relatos de obsesiones vienen después de La tentación de San Antonio, ambas obras de Flaubert. Entre sus predilectos seguían algunos más cercanos, como Heine, Milton, Jacobsen, Ibsen, Spiitteler, A. France, Schnitzler, Lichtenberg, etcétera. (1)

Nuestra literatura es otra y un filósofo atento al psicoanálisis como J. F. Lyotard habla de la infancia en términos muy diferentes: como retorno en Joyce, como prescripción en Kafka, como desorden en Valéry y como «voces» en Freud. Separo, de manera deliberada, la «sobrevivencia» en Arendt y «las palabras» en Sartre. Esas infancias, en lo que tienen de políticas, están en límites advertidos y trabajados por una decisión posterior. (2)

No sólo la literatura muestra otra infancia, sino que es necesario contar con el recurso a la infancia de la psicología: las discusiones sobre la primera infancia, en particular, dicen más sobre el mundo de los observadores que sobre el mundo de los niños. Los observadores se ha dicho descuidan las experiencias negativas de la infancia y también idealizan la vida de las mujeres que tienen hijos.

Charles Darwin, durante la década de 1870, publicó dos importantes análisis de la expresión en el niño pequeño. Las observaciones de Darwin dan lugar a dos teorías sobre la dinámica mental: la primera, que los niños nacen con facultades mentales o «instintos» innatos y la segunda, que las características mentales son hábitos construidos sobre la asociación entre acontecimientos y reacciones que han ocurrido simultáneamente en el pasado (Ben S. Bradley, 1989). La segunda de estas teorías está en la raíz del asociacionismo y del conductismo. El asociacionismo, surgido en Inglaterra en el siglo XVIII, tiene incidencia tanto en Darwin como en Freud.

Los científicos que estudian a los niños escribe Bradley no se limitan a medir y calcular, son partícipes del debate sobre la condición moral de la vida humana, condición que se retrotrae en el tiempo a través de siglos de poesía y enseñanza religiosa.

La imagen de la primera infancia como el paraíso que acompaña a la «maldición de] sexo», reaparece en las diferentes vertientes de la psicología: «Desde la publicación de El origen de las especies hacia el final del siglo XIX, a muchos pensadores escribe Clarke Stewart les intrigaba la posibilidad de dibujar paralelismos entre el niño y el animal, entre el humano primitivo y el niño, entre las primeras fases de la historia de la humanidad y el desarrollo infantil. Se consideraba al ser humano en desarrollo como un museo natural de la historia natural humana. De este modo, se pensaba que el desarrollo del niño revelaba el desarrollo de la especie».

Freud estilizó esta herencia en su concepto de repetición y, mediante la introducción de las identificaciones, convirtió al yo en un cementerio poblado de restos de objetos perdidos (modelo, melancolía) y reforzó el aserto con un ello que era el resultante de yoes anteriores. El yo como imagen del cuerpo se debe a ello los antepasados que mediante el superyó impone los designios de la especie al individuo.

Infierno y/o paraíso

La infancia con sus rasgos infernales y su reverso paradisíaco no «traduce» la experiencia de los niños, sino el recurso adulto al pasado histórico y personal. El psicoanálisis, en su recurrir a la infancia, ha vuelto a dar fuerza a figuras de siglos, mediante la estrategia del simbolismo, incluso en la misma discusión sobre el concepto de símbolo. El paraíso originario de Freud, el infierno primario de M. Klein, la oscilación entre uno y otro (cuerpo despedazado/júbilo) del espejo de Lacan, organizan esa persistencia.

La reversión del tiempo, típica de los cuentos de hadas, se encuentra en la versión común de «regresión». El tiempo irreversible de cualquier relato adquiere el nombre de «castración», etcétera.

Una niñez sin infancia es el fin de esos topoi, pero como aquel hombre que no tuvo infancia de la historieta puede ser el comienzo de un nuevo saber, de un nuevo amor con otros recursos.

Esta ausencia de infancia, de neurosis infantil en el adulto, se anuncia en los relatos de algunos psicóticos, que van del presente absoluto de la certeza al presagio de una destrucción futura, donde el adulto hegeliano parece dejar atrás la infancia griega de Heidegger y la adolescencia reflexiva de Descartes. Pero una niñez sin infancia podrá inventar recursos que ahora no imaginamos.

El hombre sin infancia tampoco es adulto.

«El valor científico de la observación de los bebés es retórico. Permite a los científicos sacar conclusiones que no serían capaces de sacar de otra manera». Ben S. Bradley. 1989.

(1) P Laurent Assoun, Littérature et psychanalyse, Ed. Ellipses, París, 1996.

(2) J F. Lyotard, Lecturas de infancia, Ed. Eudeba, Bs. As., 1997.

* Fragmento de un artículo publicado en la revista Consecuencias, nº 4, abril 2010.

Fuente: Página 12

Imagen: Jean Louis Corby

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